viernes, 31 de octubre de 2008

Kilimanjaro 5.895 m







Baobabs en la cima de Africa

Javier Carral coronó el Kibo, la cumbre del monte Kilimanjaro. Esta es la transcripción de las notas que tomó en su Moleskine nada más volver al campamento tras haber hecho cima.




11.08.07 - DIA 6: Barafu Camp 4.550 metros

“Esperaba al menos dormir unas horas antes de comenzar la ruta a media noche, sin embargo justo pegada a mi tienda unos porteadores montaron la suya y no dejaron de hablar y hacer ruido hasta las 20.00h, cuando ya el enésimo grito que les pegue resultó ser el finalmente efectivo. Esa fue la razón por la que cuando me levanté a las 23.30h no había pegado ojo (bueno… esa y un ligero nudo en el estomago). El frío era intenso. El Suunto marcaba 3 grados en el interior de la tienda, el saco hacia horas que no me abrigaba y poco a poco había ido poniéndome encima todo lo que tenía a mano, de forma que cuando Babu apareció con el morning tea, ya estaba prácticamente vestido. Llevaba 5 capas arriba y 2 en las piernas. Tras un simple desayuno y cumplir con el ritual de escuchar en el ipod “la última montaña”, a las 00.08h comenzamos el ascenso hacia la cumbre.

Ramson marcaba el ritmo ya desde los primeros pasos que nos alejaban de las tiendas. Nuestro campamento era el más retirado del punto de partida de la ruta, por lo que en realidad iniciamos el ascenso a las 00.30h y a una altura de 4.550m. Estimábamos alcanzar el Stella Point en unas seis horas. El ritmo era bueno y firme, el adecuado para llegar a tiempo y ver el amanecer en el trayecto del Stella Point (5.685m) al Uhuru Peak (5.896m). Nada más incorporarnos a la senda (empinadísima) nos vimos frenados por una cordada de alemanes que, avanzando en silencio y con sus luces frontales enfocadas al suelo, me recordaron a la Santa Compaña. Tardamos unos 15 minutos en poder adelantarlos y recuperar nuestro ritmo inicial. Esa tarde, en la prisión del saco de dormir, me había marcado dos estrategias para afrontar la subida: nunca mirar hacia arriba (mi único objetivo sería seguir las botas de Ramson, acompasando mis pasos a los suyos) y no consultar en ningún momento el Suunto para averiguar a que altura nos encontrábamos. Pasada la primera hora, habíamos ya adelantado a todos los grupos (unos los pasábamos acelerando el ritmo y otros simplemente cuando se paraban a descansar) y liderábamos la subida. Me encontraba fuerte (había hecho una buena aclimatación y las cinco jornadas anteriores resultaron además ser un buen entrenamiento), iba concentrado y el frío, aunque muy intenso, era soportable. Seguía las pisadas de Ramson, nada rompía el silencio, y solo de vez en cuando levantaba lateralmente la cabeza para intentar ver alguna estrella fugaz.

También me había preparado mentalmente. Sabía que esta sería una jornada muy dura, más de seis horas ascendiendo por fuertes pendientes, la falta de oxigeno, el terreno pedregoso e incluso difíciles pasos por roca. Intervendrían agentes externos e internos y estaba seguro de que todos, en algún momento, se podrían volver en mi contra. Me prometí que si llegado el momento, por cualquier circunstancia no pudiera seguir, antes de parar daría un último paso, al que le seguería uno más, lo que me llevaría a seguir ascendiendo solo con “últimos pasos”.

A las dos horas Ramson se detuvo al amparo de una gran roca, se quito su mochila, cogió su rollo de papel higiénico y diciendo “ahora vuelvo” desapareció entre los peñascos (pensé,... es de los míos). Aunque fue rápido, cuando de nuevo nos incorporamos a la ascensión ya nos habían adelantado un par de grupos de muzungus. Volvíamos entonces a las paradas constantes y a los cambios de ritmo que endurecían la subida y me desesperaban. Solo cuando se lo indicaba, Ramson aceleraba el paso y los adelantabamos, pero la recuperación de ese mínimo cambio de ritmo era cada vez más lenta. Aún así, al rato volvíamos a caminar sin ninguna luz por delante. Cada poco tiempo se giraba y me preguntaba como me encontraba y si el ritmo era bueno. Yo repasaba mi estado, pies fríos pero no en exceso, calor corporal bueno, sin dolor en la pierna derecha (la tenía cargada desde hacía un par de días), respiración acompasada y cero dolor de cabeza. Perfecto, ya podía volver a pensar en cualquier cosa que me abstrajese de la rutina y me ayudase a no levantar la mirada del suelo.

Coincidiendo con un paso de roca complicado, de repente sobre las tres de la mañana, comenzó a soplar un viento fuerte y helado. En un primer momento supuse que sería por lo abierto del tramo, sin embargo arreció en intensidad y a los pocos minutos era ya una ventisca en toda regla. Era ese viento nocturno de montaña que rasga la piel, lanza infinitos alfileres y emite un sonido desalentador y premonitorio de peligros. Notaba como perforaba mis capas y me infligía una tremenda sensación de desasosiego.

Imbuido en la rutina recordé que, al igual que en el viaje a Bolivia, unos días antes de salir en una apacible mañana de domingo en Breixo, había programado el altímetro para que saltase la alarma al alcanzar los 5.100 metros de altura, mi nuevo record. Sin embargo, deberíamos llevar ya más de cuatro horas de ascenso y esta no había sonado. Aproveche una de las paradas para beber y aunque me lo había prohibido, no pude resistir la tentación de comprobar a que altura nos encontrábamos: 5.460 metros (“joder, pensé, por encima de los 5.000 y zurrando”). Y ahí comenzó ha complicarse todo. Saber exactamente donde estaba y por tanto lo que faltaba, fue el detonante que, junto con el viento, el frío, los cambios de ritmo, las paradas, hizo que en pocos metros todo cambiase.


De repente, mis pisadas ya no eran firmes, me balanceaba hacia los lados y empujado por el fuerte viento que soplaba de cara, también hacia atrás. Levanté la vista y al ver que todo parecía moverse a mi alrededor le pedí a Ramson que me pasase los sticks. Mientras que los desplegaba, note que me escrutaba a la vez que me preguntaba como me encontraba. Siempre lo hacía así, no le valía mi simple respuesta. Con la utilización de los sticks comenzó un nuevo problema, las manos. En vez de llevarlas en los bolsillos frontales de la HH, estaban ahora expuestas al viento. A esa altura ya prácticamente se había congelado la botella de agua que llevaba en el exterior de la mochila. A los pocos minutos avisé a Ramson que no sentía los dedos de la mano derecha. Paramos al refugio de una roca y comenzó a golpearme fuertemente las manos. Descansamos unos minutos, plegamos los bastones y continuamos el ascenso. Ahora la pendiente se me antojaba imposible, y cada movimiento o gesto extra provocaba una nueva aceleración de mi ya desmadrada respiración. En un momento, a la salida de un giro de la senda me sentí desorientado y sin fuerzas. Ramson se dió cuenta y me gritó intentando averiguar mi estado. Quise decirle un poco mareado, pero respondí “sick” (que no era del todo cierto). Se acercó y me propuso parar. Insistí en seguir, ya que en cada parada anterior había perdido la concentración y me costaba más reiniciar el ascenso. Evidentemente paramos. En apenas diez minutos había pasado de estar bien a sopesar la posibilidad de no conseguirlo. Tenía el pulso disparado, la boca seca y el aire no entraba en mis pulmones. Heché mano entonces de el positive thinking que tan buenos resultados me había dado en la Vig-Bay: nunca más volverás a estar a esta altura; disfruta de lo mal que estás porque es un motivo que no se repetirá; cada metro es un triunfo; de una forma u otra todo se termina, gánate el recuerdo... etc. Buscaba ritmos en la respiración que se acoplasen al andar. Letanías de resoplidos y cortos pasos.

Sobre las cinco de la mañana, en una breve parada para beber, Ramson me comentó que íbamos muy bien de ritmo y por primera vez me informó que ya faltaba poco (tampoco yo le había preguntado). Me asaltó la duda si me lo estaba diciendo para animarme o si realmente era cierto, así que cuando dejamos el abrigo de la roca no pude más que mirar, por primera vez, hacia arriba. En ese momento había incumplido ya las dos reglas que me habá fijado antes de iniciar el ascenso. Vi el perfil limpio de la montaña contrastado sobre un manto de estrellas. No supe calcular la distancia, pero podrían faltar 100 o 200 metros y pensé “va a ser cierto”. Sin embargo un nuevo problemilla surgió en ese instante. El agua helada había irrumpido en mi interior como una bomba y mi estomago exigía desahogarse. Pensar solo en bajarse los pantalones con ese viento y ese frío era una locura (llevaba el frontal de la HH lleno de escarcha), así que opté una vez más por buscar algún pensamiento que justificase el sufrimiento y regocijarme en el, olvidando así mis movimientos intestinales.


El terreno ya no era firme, sino que caminábamos sobre pedrisca que hacía que cada vez que adelantaba un pie este se deslizaba y aparecía detrás del que no había levantado del suelo. Avanzar era muy complicado y el viento se encargaba de completar la faena. Opté entonces por caminar estilo pato, abriendo el máximo ángulo entre las puntas de los pies para ganar la mayor estabilidad posible. Daba tres pasos y paraba a inspirar y expirar cuatro veces. Funcionaba. Comprendí entonces que no era cuestión de la distancia que faltaba (que intuía que era poca), sino del tiempo que podría estar repitiendo esa carencia de pasos y resoplidos. Me crecí y aceleré el ritmo. Aún ahora no sé cuanto tiempo pasó, si fueron 5 ó 30 minutos, pero cuando ya casi estaba al límite real de mis fuerzas, Ramson se giró y me extendió la mano para ayudarme a salvar un corte pronunciado en la roca sobre la que ahora avanzábamos. Rechacé su ayuda. Con un pequeño salto salvé el obstáculo y alcance su posición. Al llegar a su lado me dijo “ya está, lo has conseguido, estamos en el Stella Point”, mientras que iluminaba con su frontal un pequeño poste de madera. Nos dimos un fuerte abrazo, comenzamos a gritar y nos pusimos a bailar. Eran las 05.20h y habíamos alcanzado la cima del Kibo, la parte superior del Kilimanjaro en poco más de cinco horas, superando así sus mejores estimaciones. De el Uhuru Peak, ya solo nos separaba una agradable ruta de unos 40 minutos. “Vamos a por el summit, y controla tu respiración” (que era aceleradísima). "No es mi respiración - le contesté - son mis emociones".

Caminaba ahora sobre las nieves perpetuas del Kilimanjaro, mientras que a mi espalda el cielo oscuro era roto por una fina línea violeta y naranja que anunciaba el amanecer. Estallé a llorar como un niño, sin poder controlarlo. Siempre pensé que los peores hombres son los que se avergüenzan de sus emociones inmediatas. Ya no soplaba el viento, el frío era más que soportable, recuperaba el movimiento de los dedos, mi estomago se había dormido, y ya ni siquiera intentaba disimular cuando Ramson se giraba para ver que me estaba pasando. Recuerdo que pensé que había conseguido algo importante y que una vez más estaba solo. Nos pusimos a cantar. El no lo sé. Yo “fly me to the moon”.


A las 6.09 del 11 de agosto de 2.007, tras seis días de ascenso por la ruta Machame, alcancé el Uhuru Peak a 5.896 m de altura, la cima del monte Kilimanjaro, el punto más alto de Africa.

A los pocos minutos comenzó a salir el sol."
















1 comentario:

Anónimo dijo...

Ramson regenta varios puestos de horchata Chufi a lo largo de toda la ascensión al Kilimanjaro.
El problema más grande en la ascensión es la dificultad para sortear las aglomeraciones de excursionistas jubilados.
Al menos, éstos, no escriben cursiladas en su agendita de viaje
moleschicomocojonessellame.

Nachango Gebresselopez.